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sábado, 26 de febrero de 2011

LIBRO: Cómo tratar a los demás


Introducción
La escuela de la vida
Las cuatro medidas
Atrévete a cambiar
Estudia a la gente
Empatizar
Cada fracaso es una oportunidad
Comienza por ti
Tu cartel de anuncio
El giro indicado
Los ojos lo dicen todo
Inicia un ciclo positivo
Perdonar es divino
Una fuerza para bien
Amar a tu prójimo significa…
Detallitos
Alégrale la vida a alguien
Construye puentes, no muros
Hagamos que mejore el tiempo
En casa
Un hogar amoroso
El triángulo matrimonial
Formar mediante el ejemplo
El arranque del día
Inclúyeme
Un equipo ganador
Estrés por contagio
Cambio de actitud
Juzga bien
Correcto espiritualmente
Hazles un favor
Corregir con amor
Creatividad
Comparar negativamente
Escuchar a los demás
Espacio para crecer
Elogia en público; reprende en privado
Dale otra oportunidad
Sacar a relucir lo mejor
Tesoros ocultos
El prodigio de la alabanza
Busca lo bueno
Sana superación
Infundir confianza
Vive la regla de oro
El buen oyente
Entrégate, así como Yo me entregué
Milagro de amor
Invierte en lo mejor
Para evitar los errores más comunes
Palabras mágicas
Las tres divisiones
De airado a loco va muy poco
Hablando se entiende la gente
Deja el rencor
Sobre las interrupciones
Aprender del maestro
El secreto de mi éxito
Hazte tiempo para los demás
Irradia fe, no ansiedad
¿Amor o hipocresía?
Soy amigo del humilde
Cuenta conjunta
Epílogo

Introducción
Uno de los críticos de Jesús le planteó un día la siguiente pregunta:
-Maestro, ¿cuál es el gran mandamiento en la Ley?
Jesús le dijo:
-«Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente». Este es el primero y grande mandamiento. Y el segundo es semejante: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo». De estos dos mandamientos depende toda la Ley y los Profetas (Mateo 22:36-40).
En otra ocasión, Jesús enunció ese principio en términos ligeramente diferentes cuando dijo a Sus discípulos: «Todas las cosas que queráis que los hombres hagan con vosotros, así también haced vosotros con ellos» (Mateo 7:12). Hoy en día eso se conoce como la Regla de Oro. Como te habrás imaginado, es la clave de las relaciones humanas y constituye el tema central de este libro, un compendio de pautas para llevarse bien con los demás.
La vida no está exenta de dificultades, y uno de sus aspectos más espinosos son precisamente las relaciones con nuestros semejantes. Es que lo bien que nos vaya en la vida depende en gran manera de lo bien que nos llevemos con los demás. Uno puede haber ganado millones o puede ser la máxima autoridad en su cargo o labor; pero si no ha sido un instrumento del amor de Dios para enriquecer la vida de quienes lo rodean y de paso mejorar como persona, entonces se ha perdido una de las cosas más valiosas que hay.
Aunque huelga decir que los siguientes mensajes de Jesús no contienen todo lo atingente a edificar relaciones armoniosas con los demás, aportan suficientes elementos para emprender camino en esa dirección. ¡Y hay mucho más de la misma fuente! Jesús desea abrir una línea directa contigo a fin de transmitirte respuestas y soluciones personalizadas para cada uno de los interrogantes o problemas que tengas. Tú también puedes escuchar Su voz. Él habla a todo el que crea en Él, le pida sinceramente que lo haga y acepte por fe que lo que oye en su corazón o en su mente procede en efecto de Él.
Ábrele el corazón a Jesús y recibe Sus palabras de amor y vida. Así podrás relacionarte mucho mejor con los demás y te sentirás más feliz que nunca.
La escuela de la vida
Las cuatro medidas
Una peculiaridad de la naturaleza humana es que quienes en términos generales influyen positivamente en sus semejantes suelen preocuparse por sus aptitudes sociales, mientras que los que ejercen un efecto más negativo en quienes los rodean no se dan cuenta de las cosas que dicen y llegan incluso al extremo de estar convencidos de que lo hacen muy bien. A consecuencia de eso, las personas a las que mejor les vendría hacer progresos en ese aspecto repiten una y otra vez errores que probablemente se esforzarían más por superar si tuvieran más conciencia de sus defectos. Para no caer en esa trampa, de tanto en tanto conviene que ponderes tus aptitudes sociales.
Para eso no puedes depender únicamente de tu propia evaluación. Juzga tus interacciones con los demás a la luz de las enseñanzas que dejé en la Biblia. Te recomiendo que aprendas a aplicarte los consejos contenidos en ella, pues tiene muchísimos sobre las relaciones humanas. Y cuando digo que te los apliques, no me refiero solamente a que reconozcas las debilidades que Mi Palabra te revele, sino a que te esfuerces por efectuar los cambios necesarios.
Pasado un tiempo, pregúntame qué pienso al respecto, pues te amo y deseo que te relaciones armoniosamente con los demás. Te hablaré sin rodeos acerca de hábitos o tendencias sociales que deberías cambiar.
Conviene también que preguntes a las personas que respetas y en quienes confías cómo te ven ellas. Aunque ese paso requiere humildad, su punto de vista puede ser muy valioso.
Para contar con una percepción cabal, son necesarios esos cuatro elementos: tu propia evaluación, la Mía, los consejos de Mi Palabra y el punto de vista de terceros. Anímate pensando en los aspectos positivos y esfuérzate por superar los negativos. Como es natural, no se trata de un proceso que se lleve a cabo una sola vez. Pero si te muestras abierto a las críticas constructivas de esas cuatro fuentes, tus aptitudes sociales mejorarán.
Atrévete a cambiar
¿Tienes opiniones fijas o aceptas de buena gana ideas nuevas? ¿Consideras las recomendaciones que te hacen los demás? ¿No te importa aprender e intentar cosas nuevas? ¿Cambias tu forma de hacer algo si alguien encuentra una vía mejor?
Suele ser más fácil actuar como de costumbre que cambiar; al menos así lo parece inicialmente. Aunque cambiar requiere tiempo y esfuerzo, a la larga vale la pena siempre que sea para bien. Desde luego que no conviene resistirse a cambiar; pero tampoco es necesario irse al extremo opuesto de cambiar por cambiar.
Hay cosas que no cambian nunca: el amor que abrigo por ti, y las promesas y mandamientos fundamentales contenidos en la Biblia. Sin embargo, en otros aspectos me deleito en producir cambios. Las situaciones cambian. Las personas cambian. Tú cambias. No me gusta que haya estancamiento. Me complace la innovación y el progreso, y deseo que a ti también te agrade. Sé flexible. Déjate llevar por lo nuevo; fluye y muévete conmigo. Así, tanto a Mí como a los demás nos resultará mucho más fácil trabajar contigo.
¿Cómo se sabe si cierto cambio resultará beneficioso o no? Lo más seguro es preguntármelo. Busca Mi sello de aprobación. Puedo ayudarte a reconocer oportunidades de efectuar cambios positivos y ahorrarte pasos en falso. Si una idea nueva cuenta con Mi aceptación, tus esfuerzos se verán recompensados cuando la lleves a efecto.
Estudia a la gente
Todo el mundo tiene al menos una buena cualidad o una habilidad que puede enseñar a los demás. Las personas inteligentes procuran descubrir esas cualidades. Las dotes de algunos son evidentes; en el caso de otros, están ocultas y es imperativo desenterrarlas. La Biblia dice: «Como aguas profundas es el consejo en el corazón del hombre; mas el hombre entendido lo alcanzará a sacar» (Proverbios 20:5, SSE).
A veces la experiencia didáctica no se centra en ninguna aptitud o conocimiento especial que tenga una persona. Consiste simplemente en estar en su compañía y disfrutar de sus buenas cualidades, tales como su fe, su paciencia, su optimismo, su amor o el interés que demuestra por los demás.
También se puede aprender de los niños. Refiriéndose a ellos, la Biblia dice que «de los tales es el reino de los Cielos» (Mateo 19:14), y que «de la boca de los niños y de los que maman perfeccionaste la alabanza» (Mateo 21:16). Con su inocencia y su fe sencilla, los niños pequeñitos en algunas ocasiones pueden dejarte las enseñanzas más profundas.
De algunas personas hasta puedes aprender lo que no se debe hacer, las conductas que no conviene emular y las razones por las que no debes seguir su ejemplo. Se dice que es de sabios aprender de los propios errores, pero más sabio aún es quien escarmienta en cabeza ajena.
Si aprendes a ver a los demás desde la perspectiva de que todo ser humano tiene algo que puede contribuir a convertirte en mejor persona, además de aprender mucho, es más probable que te fijes en los rasgos de su personalidad que respetas y que por ende cultives relaciones más sólidas y profundas con tus semejantes.
Empatizar
Una de las claves para entender a los demás y por tanto tratarlos como es debido es ponerse en su lugar. Cuando estuve en la Tierra, me puse en tu lugar y me hice como tú para poder entenderte mejor. Experimenté en carne propia las vicisitudes de la vida. A veces me cansaba, o me enfermaba, me sentía solo o descorazonado, me pasó todo lo que te pasa a ti. Habiendo hecho eso, estoy en condiciones de identificarme contigo, de ayudarte y consolarte como necesitas que lo haga.
Ese mismo principio debes aplicar tú en tus relaciones con los demás. Aunque no puedes cambiar del todo tus circunstancias como hice Yo, sí puedes proyectarte mentalmente y ponerte en el lugar de tus semejantes.
Por ejemplo, antes de pedir a alguien que te haga un favor que a ti te parece muy sencillo y fácil, reflexiona: ¿Lo verá de la misma manera esa persona? O si alguien está un poco alterado, o no se siente bien, o no produce tanto como suele producir, pregúntate qué puede estar ocasionando que actúe de tal o cual manera. Esa ruta es mucho más segura que dar por sentado que la otra persona percibe y ve las cosas igual que tú.
Ponte en el pellejo de los demás. Así los comprenderás mejor y te resultará más fácil brindarles tu apoyo cuando la situación lo amerite. Seguidamente, adapta tus expectativas y tu presentación de acuerdo con las circunstancias. Los demás se darán cuenta de que captas cuáles son sus necesidades o inquietudes y de que has tenido en cuenta sus limitaciones. Eso, a su vez, contribuirá a una mejor convivencia y relación. La empatía genera un espíritu de unidad, algo que a todos les resulta grato.
Cada fracaso es una oportunidad
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La Historia abunda en casos de personas que no atinaron a ver sus errores y falencias, o se negaron a reconocerlos, y cuyo orgullo terminó por provocar su caída. Muy distinto habría sido el desenlace de haber tenido esas personas la humildad de admitir que estaban equivocadas.
¿Y tú? ¿Ocultas tus errores? ¿O adoptas la valiente actitud de hacerte cargo de ellos? Créeme, la mayoría de la gente te respetará más si lo haces. No faltarán quienes te los echen en cara o se aprovechen de tu humillación para su propio beneficio; pero eso es problema de ellos, no pone de manifiesto ninguna debilidad de carácter de tu parte.
A la larga, lo que determina tu valía es tu integridad, tu entereza. No son los éxitos fáciles los que demuestran tu temple, sino cómo te levantas después de una caída y te animas a probar de nuevo. Al reconocer tus fracasos y seguir adelante a pesar de ellos, inspiras también a otras personas a no darse por vencidas.
Un fracaso puede ser un paso adelante si te enseña algo. Te prepara para el éxito en la medida en que te obliga a examinar detenidamente tus planes y métodos. Si todos los personajes que a la larga lograron el éxito en lo que se habían propuesto se hubieran rendido ante el primer fracaso, el mundo todavía estaría en la Edad de Piedra. ¿No te alegras de que sacaran provecho de sus errores? Pues haz tú lo mismo.
Comienza por ti
Tu cartel de anuncio
Tu rostro es como un cartel de anuncio situado al borde de la carretera de la vida. Es un medio silencioso de comunicación, tu primera y más llamativa publicidad.
Muchas personas no se esmeran para que su cartel transmita un buen mensaje. Andan por ahí con sus preocupaciones, sus problemas y sus pensamientos escritos en la cara. Su introspección y estrés no pueden menos que notarse y afectan negativamente a los demás. El mensaje que comunican repele a todo el mundo menos a sus amigos más comprensivos y leales. En cambio, otras personas tienen el don de conservar el buen ánimo en toda situación. Su alegre semblante atrae a los demás.
Por eso, si quieres tener amigos, procura que tu rostro transmita un mensaje positivo y alentador. Concéntrate en que tu expresión facial sea agradable y denote fe, optimismo, amabilidad, accesibilidad, interés por los demás y alegría de vivir, sin importar cuáles sean las circunstancias o tu estado de ánimo en el momento.
Del dicho al hecho hay mucho trecho, me dirás, sobre todo cuando los problemas dominan tus pensamientos. Razón de más para encomendármelos a Mí en oración. Así podré ayudarte a ver las cosas desde Mi perspectiva, ofrecerte soluciones y sustituir tus temores por fe y tus lamentos por alabanzas. Así tu rostro reflejará ese optimismo interior.
El giro indicado
¿Quieres que cada día te vaya bien, cualesquiera que sean las circunstancias? He aquí el secreto: Busca lo bueno en toda situación. Sé que eso es mucho pedir, pero siempre puedo indicarte algo bueno. Por ejemplo, cuando llegas a casa después del trabajo, muerto de cansancio, y tienes que ponerte a cocinar para tu familia o atender a los niños mientras tu esposa cocina, detente un instante y dame las gracias por tener una familia que te estaba esperando. Es posible ver toda dificultad o decepción desde una óptica positiva.
Si te dejas arrastrar con frecuencia por pensamientos negativos, ¡cambia de mentalidad! Criticando o deprimiéndote nunca mejorarás nada. Quizá crees que te mereces un poco de autocompasión; pero lo único que conseguirás con ello es hundir a los demás, y luego te sentirás todavía peor. En cambio, si me pides que te haga ver con optimismo aun las situaciones malas, te ayudaré a salir del pozo.
En el mundo de hoy hay pesimismo y cinismo de sobra. Aunque no puedas contrarrestar ese mal a escala mundial, sí puedes orientar tu modo de ver las cosas y evitar caer en ese vicio. Proponte sobrellevar lo mejor posible las situaciones difíciles y harás de tu mundo un lugar más feliz. Además, tendrás más amigos, ya que la gente se ve naturalmente atraída por las personas optimistas. Dado que influyes en los demás, terminarás por tener un efecto más positivo en el mundo de lo que creías posible.
Los ojos lo dicen todo
Los ojos son tanto receptores como transmisores. Actúan como potentes comunicadores de lo que hay en el corazón y el espíritu. Los demás te leen la mirada antes de escuchar siquiera lo que dices. Los ojos lo dicen todo en ese momento mágico en que traban contacto con los de otro ser humano. Cuando se conectan las miradas de dos personas, se entrelazan sus espíritus. En ese instante de intimidad y vulnerabilidad, cada cual tantea consciente o inconscientemente al otro según lo que haya revelado el intercambio espiritual inicial.
Los ojos tienen la virtud de transmitir comprensión, compasión, aprobación o desaprobación, ánimo o desconsuelo, apoyo o escepticismo, desafío o sumisión, y miles de sentimientos más. Una mirada es capaz de fulminar como un cañonazo o de acariciar con infinita ternura. Puede penetrar el alma y revelar los secretos más insondables, o ignorar a los demás como si no existieran.
Cuando alguien te pide tu opinión, te mira a los ojos. Cuando quiere saber si le estás diciendo la verdad, observa si dices lo mismo con la mirada que con los labios. Los ojos son los comunicadores esenciales entre personas que no hablan la misma lengua, pues se expresan en el idioma universal del espíritu humano.
Yo soy la Luz del mundo. Deja que Mi luz brille a través de tu mirada.
Inicia un ciclo positivo
No tiene nada de malo que hables de una persona a sus espaldas, siempre y cuando te limites a decir cosas halagadoras de ella.
Lo más probable es que lo que digas de alguien tarde o temprano llegue a sus oídos. Sigue, pues, esta norma: No digas nada de una persona en su ausencia que no le dirías a la cara. Es cuestión de tratar a los demás como quisieras que te trataran a ti cuando yerras o se ponen de manifiesto tus debilidades.
Puede que en alguna ocasión sea necesario hablar de los defectos de alguien con otra persona, sobre todo si ocupas un cargo directivo; pero siempre puedes hacerlo con respeto y sin denigrarlo ante la persona con quien hablas. Cuando tengas que decir algo negativo, procura compensarlo con algo positivo. (Todo el mundo tiene sus buenos rasgos.) Además, si tienes presente que el motivo por el que estás hablando de los defectos de esa persona es ayudarla a mejorar y progresar, la conversación cobrará un tono más positivo y es más probable que logres tu objetivo: generar cambios favorables.
Y ¿sabes una cosa? Tarde o temprano te será retribuida la amabilidad y consideración que manifiestes. Se trata de un principio espiritual tan seguro como las leyes de la naturaleza: Uno cosecha lo que siembra. Si tratas a todas las personas con respeto, te ganarás el respeto de todos.
No solo eso, sino que tu ejemplo tendrá un gran efecto en los demás. Puede que no veas grandes resultados enseguida; pero si persistes, puedes crear un pedacito de cielo en tu rincón del mundo. Verás que es posible. Y todo eso lo puedes iniciar tú.
Perdonar es divino
Uno de los dones más grandiosos que concedo a las personas es la capacidad de perdonar. Forma parte de la naturaleza y esencia de Dios, y cuando ejercitas ese don adquieres talla divina. Tienes la capacidad de perdonar y de elevarte por encima de la mezquindad de los mortales.
Para la mayoría de la gente, decidirse a perdonar a alguien es uno de los actos más difíciles que hay, sobre todo si el perdón es inmerecido. Cuesta Dios y ayuda, porque es contrario a la naturaleza humana. Ésta demanda venganza y retribución. Pero, ¿por qué quedarse empantanado en la naturaleza humana?
Si bien vine al mundo para traer perdón y salvarte de tus pecados, también vine a librarte de la naturaleza humana. Al aceptarme como Salvador, recibiste una porción de Mi naturaleza sobrehumana. Pero la medida en que esa naturaleza sobrehumana rija tu vida depende de ti, y se ve reflejada en tus decisiones. Dado que una de las características más sobresalientes de Mi naturaleza es la prontitud para perdonar, tu buena disposición en ese sentido es un claro indicador de cuánto permites que Mi naturaleza sobrehumana gobierne tu ser.
El hecho de que la persona que procedió mal contigo merezca o no perdón no es lo medular del asunto; lo importante es que tú obres bien. En realidad, nadie merece perdón. Quien ha obrado mal, en justicia merece una sanción. Sin embargo, el perdón es superior a la justicia. La justicia es humana; el perdón, divino.
Perdona a quienes te han ofendido, así como tu Padre celestial te perdona a ti.
Una fuerza para bien
Amar a tu prójimo significa…
anteponer su felicidad a la tuya;
prestarle apoyo;
decir siempre algo bueno de él a sus espaldas;
nunca difundir chismes ni falsedades sobre él;
ayudarlo a tomar decisiones acertadas, ejercer en él una influencia positiva e instarlo a defender el bien y resistir la tentación;
querer solamente lo mejor para él y hacer lo que esté a tu alcance para que eso se haga realidad;
tener siempre tiempo para escucharlo;
decir la verdad con amor, aun sabiendo que va a dolerle;
no criticarlo ni encasillarlo;
aumentar su autoestima;
ayudarlo a alcanzar sus metas y lograr la plenitud como persona;
ofrecerle consejos con oración;
nunca perder la fe en él;
instarlo a buscar en Mi Palabra las respuestas a sus interrogantes y las soluciones a sus problemas;
tratarlo como te gustaría que te trataran a ti;
no sacar conclusiones apresuradas, sino tomarte el tiempo para entenderlo y comunicarte con él a un nivel profundo;
respaldarlo cuando otros se vuelven contra él;
levantarlo cuando se cae;
esforzarte por darle el buen ejemplo que necesita; y
dar lugar a que Yo me valga de ti como instrumento de Mi amor.
Detallitos
Cuando alguien tiene un detalle contigo, ¿no te sientes bien por dentro?
Puedes hacer lo mismo por los demás, y no me refiero solamente a hacerle un obsequio en una ocasión particular a una persona a la que le tienes mucho afecto. Eso es estupendo, claro. Pero me refiero más bien a los detallitos que puedes tener con cualquier persona en cualquier momento, por el simple motivo de que te interesas por ella. Son cositas que pueden costarte muy poco -o hasta nada-, pero que pueden significar mucho para ella. Los gestos de consideración, sobre todo cuando menos se esperan, suelen alegrarle la jornada a la gente. Son una forma de decir: «Te tengo mucho afecto».
Aunque la caridad bien entendida empieza por casa, no debiera terminarse ahí. Procura tratar a todos con el amor y la consideración que manifiestas a tus seres queridos, y verás la diferencia que hace. Interésate personalmente en las personas con las que tienes contacto frecuente, pero que en realidad no conoces: la cajera, el mozo, el reparador, la recepcionista. Pregúntales por su salud y por su familia, averigua qué tal les ha ido ese día, y luego actúa en consecuencia. Ofrécete a rezar por su dolor de espalda o su niño enfermo, y acuérdate de preguntarles cómo están la próxima vez que los veas. Felicítalos el día de su cumpleaños con una notita o una tarjeta. Ofrécete a tomar el lugar de un compañero de trabajo para que pueda salir un poco más temprano el día de su aniversario de bodas. Eso pondrá muy contenta también a su esposa.
Puedo indicarte incontables detallitos que puedes tener con los demás para mostrarles que son importantes. Vamos, ¿a qué esperamos?
Alégrale la vida a alguien
¿Alguna vez has tenido un mal día por el solo hecho de haberte cruzado con alguien que estaba de mal humor? Tal vez fue alguien en el bus, o un cliente en una tienda. Normalmente habría pasado inadvertido. Sin embargo, esa persona gruñona o desconsiderada te empañó completamente el día.
En contraste, ¿alguna vez has tenido un día estupendo y después te diste cuenta de que se debió a que alguien fue particularmente amable contigo? Tal vez tuvo que ver con la linda sonrisa que te dirigió, o la gentileza con que levantó algo que se te había caído y te lo alcanzó, o te mantuvo la puerta abierta mientras ingresabas a algún recinto. Quizá no fue más que un pequeño gesto, pero tuvo un efecto positivo en ti ese día.
Todo el mundo ejerce influencia. Momento a momento, tu actitud y grado de felicidad se ven reflejados en las cositas que haces y dices, que no pueden menos que tener un efecto en los demás. ¿Qué impresión produces tú generalmente?
Haz memoria de algún gesto que haya tenido contigo una persona con el ánimo de alegrarte la vida. Luego proponte hacer algo parecido por otro. Verás que tú también te sentirás más feliz y optimista.
Construye puentes, no muros
Se dice que la gente se siente sola porque construye muros en vez de puentes. ¡Es una gran verdad!
La mayoría de la gente tiende a ser un poco egoísta. Es parte de la naturaleza humana darse prioridad a uno mismo, anteponer las propias necesidades y deseos a los ajenos. Es fácil enfrascarse cada uno en su propia vida y sus propios problemas. Sin embargo, cuando haces eso te complicas la existencia, pues te cierras a muchas de las cosas bellas de la vida y te pierdes la oportunidad de conocer a gente muy valiosa.
Los puentes que construyes cuando te brindas a los demás y te relacionas con ellos causan a veces conflictos y complicaciones; pero el esfuerzo bien vale la pena, pues también generan armonía, amistad, amor y aportan innumerables beneficios más. Se trata de un toma y daca, que desde luego requiere algo de empeño, paciencia y perseverancia. El puente no se tiende solo, y algunas personas inicialmente no ven con muy buenos ojos que lo tiendas en dirección a ellas. Pero si todos fueran egocéntricos y no construyeran otra cosa que muros, el mundo sería un laberinto terriblemente solitario.
Para tender puentes, tienes que empezar por rogarme que te ayude a amar y comprender a tus semejantes y a cambiar en aquellos aspectos en que sea necesario. Cuando empieces a pensar en lo que ellos quieren y necesitan, ya habrás colocado el cimiento. A partir de ahí, de a poco el puente se irá consolidando cada vez que des un paso hacia una persona de difícil acceso. Tal vez te haga falta un poco de valor para cruzarlo por primera vez, sin saber si te va a sostener ni cómo serás recibido en el otro lado; pero luego te alegrarás de haberlo intentado. Yo bendeciré cada acto desinteresado y premiaré cada paso que des para relacionarte con los demás.
Hagamos que mejore el tiempo
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No puedes hacer que salga el sol en un día lluvioso, pero sí puedes modificar el ánimo que prima a tu alrededor.
La mayoría de la gente se siente más contenta y optimista en un día soleado que en uno tormentoso. Puedes irradiar calidez y animar a quienes te rodean proyectando rayos de sol o buenas vibraciones. En cambio, si andas por ahí cargando una nube de disgustos y preocupaciones, es probable que generes una borrasca que desencadene chubascos y les ensombrezca el día a quienes pasen cerca de ti.
Por eso, dondequiera que vayas, lleva contigo un ambiente cálido y soleado. Haz que el sol de tu feliz expresión ilumine y alegre a los demás. Y en los momentos en que no te sientas feliz -cuando la presión te agobie, te enfrentes a alguna contrariedad o tengas un nubarrón sobre tu cabeza-, clama a Mí para que despeje esas nubes y enfoque sobre ti la luz de Mi amor.
Donde Yo estoy, siempre brilla el sol. Siempre dispongo de cálidos rayos con que asolearte. Deseo que los absorbas y los reflejes sobre los demás. ¡Hagamos que mejore el tiempo!
En casa
Un hogar amoroso
El amor tiene poder creativo. En una familia, el amor obra su magia propiciando actos de generosidad y ayudando a cada miembro a ver a los demás con buenos ojos. Todas las personas anhelan sentirse comprendidas, aceptadas y queridas por lo que son. El hogar es un ámbito que Dios ha creado donde se puede vivir así.
Naturalmente, hay cosas que en un hogar obran en contra del amor. Son los enemigos del amor, si se quiere. Por ejemplo, los desacuerdos entre padres e hijos y entre hermanos. Sin embargo, hay lacras más sutiles y, por ende, más peligrosas: el egoísmo, la pereza, la indiferencia, las críticas, los regaños, el desprecio, los pensamientos y comentarios negativos sobre los demás… Y hay otras. Los conflictos suelen iniciarse con incidentes pequeños y aparentemente inocuos: una excusa para no prestar ayuda, una discusión por una tontería, unas palabritas irónicas y denigrantes. Pero si no reconoces que el amor y la unidad de la familia están en juego, esas faltas se van arraigando hasta convertirse en malos hábitos que a la larga perjudican gravemente a todos.
No basta con salir del paso enviando a las partes en conflicto cada una a su rincón, o silenciando al irónico, o presionando al haragán para que dé una mano. Eso es atacar los síntomas, no la raíz del problema, que es la falta de amor. Lo único que cura la falta de amor es el amor mismo. Por eso, ruégame que lleve más amor a tu hogar y ayúdame en ese empeño. Si me pides que le infunda a cada uno auténtico respeto y aprecio de los demás, Yo pondré en sus corazones todo el amor que necesitan. Claro que luego ustedes tienen que cultivar ese afecto por medio de pensamientos, palabras y acciones que lo manifiesten.
El triángulo matrimonial
El matrimonio son dos corazones fundidos en uno solo. Es algo hermoso, con recompensas fantásticas para quienes están dispuestos a hacer los sacrificios del caso. Y es que hay que hacer ciertos sacrificios. Para llegar a ser uno solo, cada uno de los cónyuges debe estar dispuesto a entregarse y a cambiar. Él debe convertirse en todo lo que ella precisa que sea. Y ella debe convertirse en todo lo que él necesita que ella sea. En efecto, los matrimonios más sólidos y felices se cimientan en el amor desinteresado. Y ¿de dónde procede ese amor? Solamente de Mí.
Imagínate tu matrimonio como un triángulo, en el que ustedes dos están en los vértices inferiores y Yo en la cúspide. A medida que van subiendo por los lados del triángulo a fin de acercarse a Mí -la fuente del amor-, la distancia entre ustedes se reduce. Para que haya más amor e intimidad entre ustedes, es preciso que estrechen su vínculo conmigo.
Cuanto más fuerte sea su relación conmigo, más amor tendrán para dar. Y cuanto más amor manifiesten, más atraídos se verán los demás tanto a ustedes como a Mí. En primer lugar, las personas de su círculo más íntimo y que más significan para ustedes: sus hijos y otros familiares. Y a partir de allí se irá extendiendo. Como dije, el matrimonio es algo hermoso, con recompensas fantásticas. Tanto es así que llega un momento en que los sacrificios no cuestan nada.
Formar mediante el ejemplo
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Si bien criar a los hijos nunca ha sido fácil, desde el primer día todos los padres cuentan con algo estupendo a su favor: sus retoños los quieren y los admiran más que a nadie. Ese es un factor de mucho peso dentro del grandioso esquema divino, pues aunque tus hijos son un regalo del Cielo, son también una obra en curso. Es tu deber formarlos hasta que lleguen a ser adultos responsables y amorosos.
Aunque el amor y el respeto que sienten por ti son innatos, no son estáticos. Aumentan o disminuyen día a día según cuál sea tu interacción con ellos. Por eso, no traiciones su confianza. Dales un ejemplo que puedan imitar con orgullo.
Si quieres que sean extravertidos y que se interesen sinceramente por los demás, sé tú así. Si aspiras a que sean generosos, obra tú con generosidad. Si anhelas que sean sinceros, practica tú la sinceridad. Si te gustaría que fueran optimistas y dados a buscar soluciones, aborda tú positivamente los retos y avatares de la vida. Si deseas que me amen, me respeten y tengan una firme relación conmigo, cultiva tu propia relación conmigo dedicándome tiempo, leyendo Mi Palabra y cumpliendo sus preceptos. Si quieres que tengan una actitud agradecida, dame las gracias y alábame por Mi bondad a cada oportunidad.
Si das buen ejemplo a tus hijos en sus años formativos, forjarás con ellos lazos inquebrantables de amor y respeto, por muchas circunstancias adversas a las que ellos o tú se enfrenten. Y cuando lleguen a adultos, todos nos enorgulleceremos de ellos, tanto tú como Yo. Finalmente, cuando te reúnas conmigo en Mi Hogar celestial, me oirás decir: «¡Te felicito por tu buena y fiel labor!» (Mateo 25:21, parafraseado).
El arranque del día
La fórmula más eficaz para ayudar a tus seres queridos a empezar bien el día es manifestarles amor desde el primer momento. Me dirás que eso no es tan fácil cuando apenas estás despertándote. Sin embargo, si le pides a Dios que te dé ese empujoncito que necesitas y tú también haces un esfuerzo, creo que te llevarás una agradable sorpresa. Si das amor, amor recibirás.
No tomen el desayuno en silencio, con los ojos clavados en el plato, en el periódico o en algún cupón publicitario. Hagan juntos un repaso de todo lo que tienen a su favor. Agradézcanme las maravillas que saben que obraré por ustedes a lo largo del día en respuesta a sus oraciones, simplemente porque los amo. Lean un breve pasaje de la Biblia. Oren unos por otros y por lo que tienen por delante ese día. Invoquen una promesa de Mi Palabra para cada victoria que les haga falta.
¡Llénense de Mí! Yo soy amor y luz. Mis fuerzas son infalibles, y todo me es posible. Antes que nada, báñense en Mí. Así estarán preparados para hacer frente a cualquier prueba o tarea difícil que la jornada les depare.
Esos minutos que pasan juntos en la mañana son también ideales para intercambiar frases alentadoras. Dile a tu esposa lo bonita que se ve. Dile a tu hijo que no te cabe duda de que le va a ir muy bien en el colegio. Despídanse con un abrazo o un beso. Eso es como decir: «No veo la hora de estar otra vez contigo».
Si comienzan el día con amor, éste los sostendrá toda la jornada.
Inclúyeme
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Si deseas que tu familia seas más feliz y quieres disfrutar de una vida familiar más satisfactoria, toma nota: Inclúyeme en todo lo que hagas. No me refiero a que tengas que vivir una religiosidad árida, acartonada, insulsa. ¡Todo lo contrario! Te sorprenderá lo divertido que puedo llegar a ser. Los beneficios de dejarme participar en tus asuntos familiares son demasiado numerosos para enumerarlos aquí, pero te mencionaré tres.
Uno: Tengo muchas ideas. Mi Padre y Yo creamos juntos este mundo. Ese fue el primer proyecto familiar de la Historia, si se quiere; y tienes que reconocer que se nos ocurrieron algunas ideas geniales. Todo lo creamos en función de ti, con la intención de que lo disfrutaras al máximo; por tanto, ¿no te parece que puedo sugerirte cosas más interesantes que hacer con tus seres queridos y amigos que quedarse hipnotizados frente al televisor?
Dos: Yo los entiendo a todos. Puedo identificarme con personas de cualquier edad. Sé mejor que nadie cómo unir las generaciones y mantener la armonía entre ellas. No olvides que llevo mucho tiempo dedicado a esto. No hay situación que tú tengas que afrontar que Yo no haya ayudado a alguien a superar. Consulta, pues, conmigo apenas surjan conflictos domésticos.
Tres: Les concederé más amor. ¿No es eso lo que más quieres para tu familia, amor? Yo soy amor, el mismísimo espíritu del amor. Donde Yo estoy, hay amor. La Biblia dice que en Mi presencia hay plenitud de gozo, delicias a Mi diestra para siempre (Salmo 16:11). Tengo mucho amor para ti y los tuyos, más del que puedes imaginarte, mucho más del que puedes contener. Está a tu alcance en todo momento, a toda hora. Basta con que lo pidas.
Estoy a tu entera disposición. Di simplemente: «Jesús, gracias por formar parte de mi familia; de hecho, por ser nuestro jefe de familia. Acompáñanos en lo que nos disponemos a hacer».
EN EL trabajo
Un equipo ganador
¿Qué pasaría si en un equipo de fútbol todos quisieran ser el artillero, el que anota los goles, y nadie pasara la pelota? El equipo fracasaría. Los buenos equipos se componen de jugadores que se complementan, no de estrellas que buscan su propia gloria. Todos respetan al entrenador y a sus compañeros, y son conscientes de que cada uno es necesario. Además se esfuerzan por mantener alta la moral de la escuadra, expresando confianza en los demás y en el conjunto como tal.
Pues bien, al igual que el director técnico de un equipo campeón, un buen jefe es capaz de tomar a un grupo de individuos de muy diversas dotes y personalidades y convertirlo en un conjunto cohesionado y eficaz. Un dirigente capaz sabe cultivar el talento de sus empleados y estimularlos para que rindan al máximo día tras día. Entiende las aptitudes y limitaciones de cada trabajador y los coloca en el puesto en que intuye que rendirán mejor. Sabe motivar y levantar la moral. Se gana el respeto de sus jugadores tratando con respeto a todos, no solo a las estrellas. Promueve el espíritu de equipo e inspira confianza. Cuando el conjunto triunfa, halaga y premia a todos por igual.
Hoy existe mucha competencia en todos los ámbitos. Si no se trabaja en equipo, se pierde frente a los otros competidores. En cambio, los que aprenden a trabajar en armonía se alzan con la victoria y disfrutan juntos de los premios.
Estrés por contagio
Algunas personas se desempeñan bien bajo presión, al menos por un tiempo. A otras les ocurre lo contrario: la presión las anula enseguida. Y si bien hay quienes rinden mucho con toda la adrenalina propia de un ambiente de altas exigencias, con la mayoría no sucede eso.
Si eres una persona de muchas energías, ten en cuenta que a los demás les afecta mucho tu ritmo y tu empuje, sobre todo si ocupas un puesto directivo. El estrés puede ser debilitante, aun el estrés contagiado por otras personas. Normalmente se obtienen mejores resultados cuando el ambiente es más tranquilo y estable.
En una bandada de pájaros o una manada de ovejas, de vacas o de caballos, cuando uno de los ejemplares se pone nervioso o se altera, a los demás se les contagia rápidamente ese humor, y la bandada o manada se dispersa. Pues en el lugar de trabajo sucede algo similar. Las personas se afectan unas en otras. Pregúntate cómo influyes en quienes te rodean. O mejor aún, pregúntamelo a Mí. Además de identificar el problema -si es que lo hay-, puedo ayudarte a irradiar optimismo y serenidad.
Cambio de actitud
Los demás se dan cuenta de si te caen bien o no. Y cuando alguien no te gusta, por más que te comportes correctamente con él, es probable que exista cierta tirantez entre los dos. Huelga decir que lo ideal es que trates de llevarte bien con todo el mundo; sin embargo, en los casos en que tengas que trabajar con una persona que no te agrada mucho, es imperativo que te esfuerces por cultivar una relación más positiva con ella.
Quizás atribuyes la culpa a esa persona y piensas que la única manera de mejorar la relación es que ella modifique las conductas que a ti te resultan irritantes. No obstante, es poco probable que eso ocurra a menos que cambies primero tu actitud hacia ella. Puede que eso te parezca casi imposible, pues tienes sobrados motivos para sentirte como te sientes respecto a ella. Pero ahí es donde Yo intervengo.
Si de veras quieres mejorar tus relaciones con los demás, en cuanto me pidas ayuda Yo empezaré a obrar. Te haré ver a la persona conflictiva como la veo Yo: con amor y comprensión. Los cambios se harán palpables. Pero primero debe haber un cambio de actitud de parte tuya. Yo obraré en ti, de manera que llegues a apreciar sinceramente a esa persona y tu relación con ella se transforme por completo. Cuando ella perciba tu actitud positiva, sus sentimientos hacia ti también mejorarán. Si tienes dudas, haz la prueba.
Juzga bien
La vida es una sucesión de juicios de valor, grandes y pequeños. «¿Mi colega me estará diciendo la verdad?» «¿Puedo fiarme de ese aviso publicitario?» Casi todos los días tienes que juzgar alguna situación, y tus opiniones y decisiones suelen tener consecuencias para otras personas. Tus juicios tienen importancia, por más que lo que esté en juego no sea tan trascendental como lo que se resuelve en un proceso judicial. Tus juicios pesan, por más que no sean tan definitivos como las resoluciones de un magistrado.
En cierta ocasión dije a quienes me criticaban: «No juzguéis según las apariencias, sino juzgad con justo juicio» (Juan 7:24). ¿Cómo se hace eso? Se trata de ponderar con equidad e imparcialidad, de aplicar el principio acertado a una situación determinada, y a veces de mirar más allá de los hechos para conocer el corazón y las verdaderas intenciones de las personas.
Para emitir un juicio de valor, es importante conservar la ecuanimidad y escuchar distintas versiones del asunto. Cuanto mejor informado está uno, mayores son sus posibilidades de juzgar acertadamente.
Además, siempre resulta atinado -aun en cuestiones de poca monta- consultar conmigo antes de juzgar. Recuerda que soy el Juez omnisciente que todo lo ve y que juzgará al mundo al final de los tiempos. Tengo, pues, mucha pericia en esto de juzgar con justo juicio.
Correcto espiritualmente
A veces la vida parece injusta. Miras alrededor y te preguntas por qué otras personas que a tu juicio han hecho menos méritos que tú gozan de mejor situación. Esa forma de pensar es bastante común en el ámbito laboral. Algunos compañeros de trabajo tienen mejores puestos. A algunos los ascienden enseguida. Otros disfrutan de una oficina más bonita. Algunos son más agudos o más rápidos en su labor. Otros tienen mejor relación con el jefe. Siempre hay alguien a quien envidiar por el motivo que sea.
Si te pasa eso, te conviene analizar la situación objetivamente. Todo depende de cuál sea tu definición del éxito. Si entiendes y de verdad crees que el propósito de la vida no es trepar hasta la cima, sino amarme a Mí y amar al prójimo, no abrigarás esa envidia ni te exasperarás al ver que a los demás les va mejor o que progresan más rápido que tú.
Mientras llevas a cabo tu labor, más bien pregúntate: «¿Cómo puedo amar a Dios y a los demás hoy?» Luego lleva a la práctica lo que te revele. Lograrás así el mayor de los éxitos y te ganarás recompensas eternas. Las nimiedades de este mundo se desdibujarán. Estarás actuando de una forma espiritualmente correcta.
Hoy en día se hace mucho hincapié en lo políticamente correcto, es decir, en comportarse y hablar sin ofender a nadie. Sin embargo, hay que ir más lejos. Se trata de obrar con consideración, con altruismo, interesándose por los demás, no porque lo exijan los convencionalismos sociales, sino porque te inspira el amor.
Hazles un favor
Despojarse del ego requiere verdadera grandeza.
Muchos andan por la vida con una enorme carga de ego. Quieren causar buena impresión, y a veces piensan que eso se logra rebajando a los demás. Es triste, y algo que no está nada bien, sobre todo cuando lo hace alguien de cierta jerarquía.
Tienes la magnífica oportunidad de ayudar a las personas que te admiran a desarrollar su potencial. Pero no lograrás que se sientan importantes, capaces y respetadas si por lo general insistes en tener la última palabra y en hacer valer tu opinión. Es normal que aspires a tomar decisiones atinadas y a alcanzar el éxito; pero no tiene por qué ser a expensas de los demás. Si siempre dominas las reuniones de la empresa e impulsas sólo tus propias ideas, sofocarás la creatividad y los esfuerzos de tus colegas, y les restarás entusiasmo para impulsar tus planes.
Hazles un favor a los demás: despójate de tu ego.
Corregir con amor
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En un momento u otro a casi todo el mundo le toca corregir a alguien por alguna equivocación. Trátese de un error importante o de uno de poca monta, suele resultar incómodo. Es delicado, tanto para el que amonesta como para la persona a quien se le señala su error. El que corrige se preocupa de que la otra persona se vaya a poner a la defensiva, se vaya a resentir o vaya a pensar que el llamado de atención está fuera de lugar. Y quien recibe el correctivo puede sentirse avergonzado.
Cuesta tragarse una amonestación. La mayoría de la gente se esfuerza por no cometer errores, y cuando mete la pata -sobre todo si se trata de algo serio que afecta a los demás o de un desliz que llegará a oídos de otras personas- se siente herida en su amor propio. Si tienes eso en cuenta y oras antes de corregir a una persona, Yo puedo indicarte cómo ayudarla a no tomárselo tan a la tremenda.
Ponte en el lugar del que ha cometido la falta. ¿Cómo querrías tú que te corrigieran si la situación fuera al revés? Si hubiera habido un malentendido o circunstancias atenuantes, ¿no querrías que no te prejuzgaran o que se te concediera la oportunidad de dar una explicación? ¿No agradecerías que te evitaran la vergüenza de quedar en evidencia ante los demás?
Pídeme que te indique las palabras precisas que decir y que te ayude a impartir el correctivo con amor y consideración, y lo haré. Así es mucho más probable que la persona que es objeto del mismo aprenda algo de lo que le dices y, por ende, que no vuelva a cometer el mismo error, que en definitiva es lo que se persigue.
EL DIRECTIVO SENSATO
Creatividad
Si eres ejecutivo, gerente o jefe de equipo, debes animar a los demás componentes del grupo a idear mejores métodos de trabajo. Escuchar las propuestas ajenas antes de plantear las tuyas no solo estimula a la gente a pensar por sí misma, sino que propicia un equipo más contento y unido y mayores progresos.
No todas las ideas novedosas son necesariamente buenas, pero algunas de las mejores surgen de otras de menor calibre. No hay nada que asfixie más la creatividad que el rechazo inmediato. Trata, pues, con respeto cada idea que llegue a tus oídos, aunque no sea exactamente lo que se necesita en el momento.
El recurso más importante de que dispones es tu gente, y lo más valioso que puede aportar son ideas. Estimúlalas.
La expresión romper esquemas es sinónimo de originalidad. Su propia invención fue un acto de creatividad. Es un término tremendamente descriptivo. Pues bien, hagan todos equipo conmigo, y los ayudaré no solo a romper esquemas, sino a cambiar la Historia.
Comparar negativamente
No hay nada más descorazonador para una persona que el que la comparen negativamente con otra. Comentarios por el estilo de «¿No puedes ser más como Susana?», o: «Miguel siempre lo hacía así», no logran otra cosa que convencer a la persona a quien van dirigidos que ésta no se halla a la altura de que se espera de ella.
Puede que tus intenciones al hacer una comparación de ese tipo sean buenas: quizá te propones motivar a alguien a superarse. Sin embargo, tendrás el efecto opuesto. Lo desmoralizarás por completo. Hasta es posible que se empiece a resentir contra la persona con quien lo comparas. Puede que se empecine y se niegue a cambiar por puro orgullo, o para conservar su individualidad.
Conviene tener presente que no hay dos personas iguales. Aunque dos seres humanos tengan antecedentes, formación y experiencia similares, son diferentes, y por ende tendrán reacciones distintas ante una misma situación.
Por regla general es mejor abstenerse de mencionar a otras personas cuando se aconseja algo. Más bien se puede decir: «Aunque te sale bien, ¿alguna vez se te ha ocurrido hacerlo de esta otra manera?» O: «Sé que así lo haces normalmente; pero ¿qué te parece si intentamos algo nuevo?»
Escuchar a los demás
Es natural que una persona quiera expresar su sentir; así es como debe ser. A Mí me gusta que me digas lo que quieres que haga, y muchas veces sigo tus recomendaciones. Ese es un elemento fundamental de la oración: tú me planteas tu necesidad o deseo, y si coincido en que es una buena idea, te lo otorgo. Piensa en eso la próxima vez que alguien quiera que lo escuches.
Por ejemplo, ese compañero descontento que siempre se queja de todo. Tal vez podría hacer buenas aportaciones, pero el caso es que nadie le hace caso. Quejándose nunca se logra nada positivo, de modo que es evidente que no aborda el asunto como es debido; pero tal vez sea porque cree que nadie lo escucha. Mientras esté descontento, va a contagiar a los demás. En cambio, si te tomas la molestia de escucharlo, tal vez logres que se sintonice en un canal más positivo y constructivo. Puede que tanto tú como los demás que trabajan con él se topen con la agradable sorpresa de que tiene algunas ideas de las que todos podrían beneficiarse.
Espacio para crecer
A casi todo el mundo le gustan los retos, y la mayoría disfruta la búsqueda de mejores vías de hacer las cosas. Al mismo tiempo, a casi nadie le agrada que le digan siempre lo que tiene que hacer y cómo. Una de las formas más rápidas y eficaces de obtener la colaboración de los demás es incluirlos en la toma de decisiones.
Cuando la gente se siente parte integral de una empresa, generalmente trabaja con más ahínco, está más contenta y produce más. Toda organización necesita un jefe que tome o apruebe las decisiones finales. Sin embargo, un buen jefe no es un dictador, sino que consulta con los demás y respeta sus ideas y opiniones. Puede que a la postre no esté de acuerdo con alguna propuesta y decida vetarla; pero al menos los demás tienen oportunidad de dar su opinión.
Cuando la gente sabe que sus ideas son tomadas en cuenta respetuosamente y que se le da lugar en el proceso decisorio, se muestra más dispuesta a recibir órdenes cuando es necesario.
Elogia en público; reprende en privado
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Puede que un error cometido públicamente o que afecte a otras personas amerite una admisión o disculpa pública; pero eso no significa que haya que corregir a la persona o exigirle que pida disculpas en el acto. Generalmente es mejor esperar y amonestarla en privado, después de haber tenido ocasión de preguntarme cómo veo Yo la situación.
Recuerda que el objetivo no es culpar a alguien, sino solucionar el problema y ayudar a la persona a no repetir el error. Es normal que la gente sienta aprensión por las consecuencias que puedan tener sus errores; pero no debe tener miedo de que se los señalen. «Camino de vida son las reprensiones que te instruyen» (Proverbios 6:23). Las amonestaciones ayudan a todos a aprender y crecer. De modo que corregir a alguien cuando es debido y la situación lo exige es hacerle un favor.
Para que un correctivo tenga el efecto deseado, es importante también que manifiestes fe en quienes yerran, que les asegures que todavía los respetas y que sabes que se desempeñarán mejor en el futuro. Termina la recriminación con una nota positiva y esperanzadora. Lógicamente, esa expresión de aliento resultará más digna de crédito si ya has manifestado tu confianza en esas personas en otras ocasiones. Por eso, un buen preámbulo o base para todo correctivo que debas impartir es cultivar el hábito de sacar a relucir lo mejor de cada persona y decir delante de ella y de los demás que la admiras por sus buenas cualidades. ¿Quién sabe? Puede que ese elogio público sea justo lo que necesita para no cometer tantos errores.
Dale otra oportunidad
Cometer errores es un poco humillante y desalentador, sobre todo cuando esos yerros afectan a otras personas. Para quien comete una falta, suele ser causa de aflicción tomar conciencia de que al obrar mal ha perjudicado a los demás. Ese sentimiento lo impulsa a procurar enmendar la situación y desempeñarse mejor. En esas circunstancias es cuando más necesita tener la seguridad de que cuenta con la confianza de otra persona, de que alguien tiene fe en él. Ten eso presente la próxima vez que uno de tus colegas cometa una equivocación. Si está dentro de tus posibilidades, procura darle una segunda oportunidad.
Es difícil no reaccionar negativamente y no avergonzar a alguien que ha cometido un error; pero si te detienes y me consultas, te ayudaré a tomar una postura más comprensiva. Cuando alguien demuestra estar sinceramente arrepentido de las faltas cometidas y quiere desempeñarse mejor, darle una segunda oportunidad no es señal de debilidad, sino de fortaleza.
Por lo general la gente sobresale o fracasa según el grado de confianza que se le manifieste. Quien advierte que los demás auguran su fracaso suele darse por vencido antes de explotar todas sus posibilidades. Presume que de nada sirve esforzarse, pues al fin y al cabo todo el mundo lo considera un desastre. En cambio, si los demás le tienen fe -por más que ello implique pasar por alto sus flaquezas y perdonar sus errores-, es más probable que se anime a superarse y se sienta motivado a cumplir las expectativas ajenas.
Sacar a relucir lo mejor
Tesoros ocultos
Cada persona tiene una belleza interior, algo así como un reflejo de lo divino. El solo hecho de que no la advirtamos a primera vista no significa que no esté presente. Sea quien seas, estés donde estés, hay tesoros delante mismo de tus ojos. No te dejes engañar por las apariencias.
Considera la geoda. Por fuera es una piedra como tantas otras, a veces bastante grande, pero nada más que una piedra. Por lo general se la encuentra junto a otras piedras en algún lugar desértico. De hecho, su nombre deriva del vocablo griego geoides, que significa térreo. Su aspecto es igual al de la tierra que la rodea; pero para los conocedores no es una roca común y corriente. El buscador de piedras preciosas y el geólogo saben que dentro de ella se encuentra una maravilla de la naturaleza, y que al abrirla cuidadosamente, el espectador queda sin aliento.
El entendido parte la roca en dos y descubre dentro cristales centelleantes, como la amatista violeta. En muchos casos no está muy seguro de lo que va a encontrar, pero realiza hábilmente su labor con grandes expectativas. Al fin su esfuerzo es retribuido cuando es el primero en descubrir la belleza que hay en el interior.
Busca hoy mismo la hermosura que hay en los demás. Puede que atravesar su dura capa exterior requiera algo de trabajo meticuloso; pero ¿quién sabe qué belleza hallarás dentro?
El prodigio de la alabanza
La alabanza es en realidad una fuerza espiritual que edifica y fortalece. Cuando me alabas, me facultas para obrar a tu favor. Así también, cuando elogias a los demás, les infundes ánimo y energías. ¡La alabanza obra maravillas!
Cuando me alabas, se acorta la distancia entre tú y Yo. Y cuando elogias y alabas a quienes te rodean, te acercas más a ellos. La otra persona nota que la quieres, la necesitas y la tienes en cuenta.
Cuando adviertes algo bueno en alguien, es probable que ese pensamiento te lo haya inspirado Yo con el fin de que lo expreses. Haz un cumplido o elogia el buen trabajo que ha hecho esa persona. Aunque lo hayas dicho muchas veces antes, vuélvelo a decir. No te preocupes de que se vaya a cansar de oírlo. Eso rara vez sucede.
Las cosas por las que elogias o manifiestas aprecio no tienen por qué ser muy llamativas o importantes. Es más, viene bien prestar atención a las pequeñeces, pues son las que suelen pasar inadvertidas. Si te cuesta notar esas cosas o si no sabes qué decir, consúltame. Luego, cuando Yo te indique algo, dilo. Haz a un lado tu timidez y tu orgullo.
No hay una sola persona en la Tierra que no desee estimación. Cuando prodigas aprecio, te conviertes en un conducto a través del cual Mi amor fluye hacia el beneficiado. Pídeme el don del aprecio y luego pasa a la acción, cultivando el hábito de valorar sincera y abiertamente a las personas cada vez que se te presente la oportunidad.
Otro magnífico aspecto de los elogios es que cuanto más los prodigas, más feliz te sientes, pues te obligan a reconocer todo lo bueno que hay a tu alrededor. Y cuanto mayor sea tu gratitud, mayor será tu alegría. La alabanza desata un ciclo positivo que te maravillará.
Busca lo bueno
Hace falta fe y optimismo para pasar por alto las flaquezas de los demás y reconocer su potencial. Ese es un don que muchas más personas podrían tener si me lo pidieran.
Cuanto más busques lo bueno en el prójimo, más lo encontrarás. Es como ese adagio que reza: «Dile que es maravilloso, y lo será. Dile que es bellísima, y lo será». Demuestra fe con tu actitud, y la persona probablemente se esforzará por no defraudarte.
Si concentras tu atención en un mal hábito o defecto de una persona, poco a poco este va cobrando tanta importancia en tu mente que a la larga eclipsa todo lo bueno que pensabas de ella. Sin embargo, el mismo fenómeno se da a la inversa: Procura concentrarte siquiera en una buena cualidad, y descubrirás otras.
Si bien es posible que una persona tenga veinte defectos por cada cualidad, todo el mundo posee al menos algunas virtudes. Aunque no se te ocurra ninguna enseguida, sigue pensando. Busca algo digno de elogio, por pequeño o intrascendente que parezca comparado con los defectos. Y si no se te ocurre nada, consúltame o pídele a alguien que te ayude a encontrar algún rasgo positivo. Empéñate en elogiar a esa persona aunque sea por esa única cualidad, y sacarás a relucir sus otras virtudes. En poco tiempo verás que lo bueno predomina sobre lo malo, y tu relación con esa persona será más positiva y fructífera.
Una vez que buscas lo bueno en alguien, te resulta más fácil encontrarlo en los demás. Y es contagioso. Pronto los demás te verán como una persona alegre y positiva de cuya compañía disfrutan.
Sana superación
Para hacer progresos o madurar en algún aspecto, es preciso contar con un estímulo, un objetivo, una meta. La gente necesita esforzarse por superarse, y en eso tú puedes ayudar.
Muchas personas se desaniman tanto por sus fallos y fracasos que bajan sus expectativas o se dan por vencidas. Esa desmoralización prácticamente garantiza que no lleguen todo lo lejos que podrían. Pero si alguien manifiesta fe en ellas y les reafirma que no deben dejarse afectar por los fracasos de ayer, pueden animarse a hacer un nuevo intento.
Es como ayudar a un bebé a dar sus primeros pasos. Sabes que mientras esté aprendiendo a caminar sufrirá múltiples caídas. No obstante, tienes la certeza de que tarde o temprano caminará y quieres verlo alcanzar su objetivo; así que le das aliento. Haces comentarios positivos para infundirle confianza a fin de que siga esforzándose. Cuando le parece muy difícil, lo ayudas, y estás siempre cerca para agarrarlo cuando se cae.
Una vez más, es cuestión de amor. Si amas a los demás querrás prestarles toda la ayuda y ánimo que necesitan para alcanzar el éxito.
Infundir confianza
Todo el mundo necesita la confianza y la seguridad de que tiene algo que ofrecer a los demás. Puedes trabajar mano a mano conmigo para ayudar a la gente a adquirir esa confianza. Te diré cómo:
Infundir confianza es comparable a edificar una gran estructura. Requiere tiempo, paciencia y una buena cantidad de materiales. Antes de empezar a construir, es preciso echar unos cimientos bien sólidos. Los ladrillos con los que se construye el edificio de la confianza tienen diversas formas: son el reconocimiento, el aliento, el aprecio, la aceptación, la admiración, la fe, la oración y, por sobre todas las cosas, el amor.
Ten a mano una buena provisión de esos ladrillos y empléalos en cada oportunidad que se te presente. Cuando veas algo digno de elogio, dilo. Cuando alguien haga una buena labor, dilo. Cuando alguien te preste un servicio, valóralo. Cuando veas que alguien está lidiando con una tarea nueva o difícil, manifiéstale tu apoyo. Cuando veas que alguien se queda en un segundo plano, anímalo entusiastamente a participar.
Edifica con cuidado. Es cierto que no hay nada como el éxito para infundir confianza; pero al mismo tiempo, no hay nada como el fracaso para acabar de golpe con ella. Ajusta tus expectativas a las necesidades y aptitudes de cada individuo y elógialo cuando se desempeñe bien. No lo presiones ni esperes demasiado de él en poco tiempo. Pídeme que te indique qué más necesita de ti y ruega para que Yo continúe obrando en su vida como sólo Yo sé hacerlo.
MÁS DE LO QUE MARCA EL DEBER

Vive la regla de oro
En cierta oportunidad dije a Mis seguidores: «Traten a los demás como ustedes quisieran ser tratados» (Mateo 7:12, parafraseado). Se resolverían muchos conflictos si la gente se rigiera por ese sencillo principio. Además de ser lo mejor, es también lo más inteligente que se puede hacer. Aunque inicialmente te perjudique, a la larga cosecharás los beneficios en forma de más amor y otras cosas buenas. Si basas tu vida y tu forma de ser en la costumbre de tratar a los demás como quisieras que te trataran a ti, es inevitable que te devuelvan el favor conduciéndose con respeto y amabilidad contigo. Pero el proceso empieza por ti.
Todos los días se te presentan oportunidades de sembrar buena voluntad. Cada día te encuentras en disyuntivas en que tienes que escoger entre lo que más te conviene a ti y lo que más le conviene a otra persona. A veces resulta difícil portarse bien, sobre todo con las personas que no han obrado rectamente contigo. Tal vez te parezca que los demás no merecen que los traten con amor y bondad, o que no vale la pena sacrificarse por ellos; pero Yo no dije: «Trata a los demás como te tratan ellos a ti». Mi código de conducta está muy por encima del concepto que se suele tener de lo que es justo. Quiero que vivas en un plano más elevado. Cualquiera puede portarse bien con quienes lo tratan bien. Sin embargo, quien es capaz de portarse bien con los que lo tratan mal tiene para Mí más mérito y goza de más bendiciones.
El buen oyente
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Saber escuchar es primordial para la buena comunicación y conversación. Las personas agradecen que se les preste atención cuando hablan de sus altibajos, de sus alegrías y tribulaciones. Es una manifestación de cariño y respeto. En muchos casos, ni siquiera esperan que les ofrezcan soluciones o consejos; su único deseo es expresar cómo se sienten y tener la satisfacción de que alguien las entiende y empatiza con ellas. Escuchar a una persona es hacerle un gran halago.
Aquí tienes algunos consejos para ser un buen oyente:
-Presta toda tu atención a la persona que te habla. Mírala a los ojos y evita hacer otra cosa o distraer tu mirada.
-No te limites a escuchar las palabras. Toma nota de cómo se expresa y procura interpretar sus gestos.
-Haz señas o breves comentarios que demuestren que estás prestando atención. Por ejemplo, asiente o di: «¡Qué interesante!», o: «Entiendo».
-Haz preguntas que espoleen a la persona a abrirse más.
- Cuando sea necesario, pide que te aclare algo.
-No interrumpas. Asegúrate de que tu interlocutor haya terminado antes de hacer comentarios o expresar tus puntos de vista. Si no sabes bien si ha terminado, pregúntaselo.
-Evita decir: «Lo que debes hacer es tal y cual» o: «En tu lugar, yo…» o comentarios por el estilo, salvo que la persona te pida específicamente algún consejo.
Si demuestras ser un buen oyente, es probable que los demás te devuelvan el favor cuando tú necesites que alguien te escuche.
Entrégate, así como Yo me entregué
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Hace mucho tiempo dije: «Nadie tiene mayor amor que este, que uno ponga su vida por sus amigos» (Juan 15:13). Quizá consideres que me refería al sacrificio supremo: dar la propia vida para salvar a otra persona. Sin duda es la máxima manifestación de amor que puede haber. Sin embargo, casi a diario se presentan otras oportunidades de entregar la vida, en el sentido de renunciar a tus deseos personales o a tu propia felicidad por el bien de otros.
Entrégate cuando tengas la oportunidad. Practica el altruismo y la abnegación siempre y dondequiera que te sea posible. Regala miradas tranquilizadoras y cálidas sonrisas. Presta oído a los demás. Dales una mano. Ten gestos de bondad. Haz una oración en silencio. Di unas palabras de ánimo. Esmérate en ayudar alguien. Agáchate para levantar a un hermano caído. Manifiesta Mi amor.
Practica la generosidad, aun cuando te cueste. Da hasta que te duela. Ponte a disposición de los demás. Da con liberalidad y sin esperar nada a cambio. Muéstrate paciente con los que están exasperados. Compadécete de los incomprendidos. Da un abrazo a quienes necesitan consuelo. Deja que me sirva de tus brazos, tus manos y tu boca para llevar Mi amor a los demás.
Ama sin parcialidad, aun a las personas a las que cuesta amar. Que tu amor por los demás te haga pasar por alto sus faltas y errores. Piensa siempre lo mejor de ellos, y nunca los des por imposibles. Ama siempre y en toda circunstancia, para que los otros lleguen también a conocer el gran amor que abrigo por ellos.
«Dad, y se os dará; porque con la misma medida con que medís, os volverán a medir» (Lucas 6:38).
Milagro de amor
Lo que pido a Mis seguidores -a quienes me han aceptado en su corazón- es un milagro. Les ruego que manifiesten amor desinteresado. La naturaleza humana se rige por el instinto de conservación. Cada uno persigue su propio bien, la satisfacción de sus propias necesidades y deseos. Es normal anteponer las necesidades personales a las ajenas. Por eso, en lo que respecta a amar Mis seguidores tienen una gran ventaja, pues en ellos he obviado esos instintos naturales, he modificado esos esquemas de la mente y del corazón para que hagan lo que Yo pido, que es amar al prójimo.
A Mis apóstoles les dije: «En esto conocerán todos que sois Mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros» (Juan 13:35). En aquellos días, el amor que ellos tenían unos por otros llamó la atención del mundo. Un amor de ese calibre es aún más sorprendente hoy en día, cuando la gente está tan inmersa en sí misma. La mayoría de las personas se han cerrado a la idea de amar desinteresadamente. Sin embargo, esa falta de amor termina por hacer que el amor de Mis seguidores resplandezca todavía más. Cada vez que manifiestan Mi amor mediante sus actos, se vuelven un poco más como Yo y permiten que los demás se hagan una imagen más clara de Mí. La gente no puede negar que un amor tan sublime es algo de otro mundo, y pregunta: «¿De dónde sacan semejante amor? ¿Cómo puedo tenerlo yo?»
Sé que un amor así excede a tu capacidad. Tratar de practicarlo por tu cuenta te agotará y te conducirá al abatimiento y la frustración. Yo soy la fuente del amor. Soy todo amor, y puedes llenarte de Mí más que nunca. «Pedid, y se os dará» (Mateo 7:7). Si me pides que te inspire el amor que deseas transmitir y accedes a traducirlo en actos, Yo lo verteré sobre ti en tanta abundancia y con tanta fuerza que sabrás que has participado en un milagro.
Invierte en lo mejor
Algunas personas de buen corazón están siempre prestas a dar una mano cuando notan que alguien las necesita. La compasión y el espíritu de servicio son cualidades estupendas, pero también es importante ser realista. No te exijas tanto que termines desatendiendo tus obligaciones primordiales, te agobies y acabes arrojando la toalla. Puedes evitar caer en eso poniendo un poco de cuidado y oración a la hora de asumir compromisos con otras personas.
Tu tiempo y tus recursos son limitados, así que inviértelos con buen criterio. Cuando veas una situación de apuro que podría convertirse en una exigencia costosa a largo plazo, consulta conmigo y averigua Mi punto de vista sobre el asunto antes de comprometerte a ayudar. Me necesitas a Mí para ver las cosas en su verdadera dimensión; de lo contrario, dejarás de ser todo lo eficaz que podrías ser. Puede que te enfrasques en una labor y luego descubras que hay una situación de mayor necesidad a la vuelta de la esquina. Y si intentas seguir adelante con el tanque vacío, no llegarás muy lejos ni le serás muy útil a nadie.
Por una parte, es posible que haya algo que puedas hacer para ayudar a una persona. Por otro lado, sin embargo, conviene tener en cuenta que desde Mi perspectiva tal vez sería mejor que esa persona saliera adelante apoyándose únicamente en Mí. O quizá Yo sé que hay alguien que está en mejores condiciones que tú de ayudar a esa persona. A veces resulta difícil de aceptar, pero en ciertas situaciones lo mejor que se puede hacer es no intervenir, sino más bien rezar por la persona que está atravesando un momento difícil.
El que te hayas percatado de una necesidad podría ser un indicador de que Yo quiero que tomes cartas en el asunto; de todos modos, consulta conmigo antes de intervenir, no sea que Yo tenga un plan mejor.
Para evitar los errores más comunes
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Palabras mágicas
Pedir disculpas puede poner fin a prácticamente cualquier discusión o conflicto. Aunque sientas que tu postura está un tanto justificada, si al menos te disculpas por haber dado lugar a la disputa y haber dejado que la relación se enturbiara, ya habrás dado un paso hacia la reconciliación. Lo mejor que puedes hacer es excusarte enseguida.
No siempre resulta fácil pedir perdón. Para reconocer que uno se ha equivocado hay que tener entereza y un sincero interés por los demás. Sin embargo, muchas personas consideran que la admisión de culpa es señal de debilidad. Yo no me refiero a tener una actitud medrosa y andar disculpándose por todo. Eso sí es señal de falta de personalidad. Pero cuando uno se pone a discutir o comete un error y tiene la sensatez de reconocerlo y pedir disculpas, eso desde Mi óptica es señal de fortaleza.
Con todo, hay una palabra que diluye la magia sanadora de esa admisión de culpa. Cuando añades un pero, das a entender que estás empeñado en insistir hasta que la otra persona vea las cosas a tu manera. Esa no es la forma de reconciliarse. Pedir disculpas requiere humildad; mas si eres capaz de hacerlo sinceramente, tiene un efecto mágico.
Las tres divisiones
No es aventurado afirmar que el sarcasmo, el cinismo y las burlas crueles son el deporte de moda. De algún modo se ha vuelto aceptable ser desconsiderado. Desde Mi perspectiva, sin embargo, quienes hacen eso juegan en tercera división. Suelen pensar que con su agudeza se ganan la admiración de los demás, o que poniéndolos por los suelos ellos quedan mejor. No obstante, el dolor que causan a sus semejantes volverá un día a ellos como un fantasma.
Muy cerca de esa división está la de los sueltos de lengua, los que adoran los chismes y gustan de decir las cosas sin miramientos. Quienes juegan en esa segunda división generalmente encubren su mordacidad aduciendo que no hacen otra cosa que ser francos. Aunque mucho se puede decir en favor de la franqueza, cuando ésta se esgrime como excusa para ofender a alguien es más frescura que otra cosa. Al igual que los de tercera división, los que compiten en ésta creen que así trepan en la vida. Pero a la larga eso tiene el efecto contrario.
Si sospechas que estás jugando en una de esas dos divisiones, no desesperes. Pídeme que te transforme y empieza a jugar en primera división. Únete a quienes tienen la estatura moral de no denigrar a la gente ni difundir chismes. Encamínate hoy mismo hacia la victoria siguiendo esta sencilla pauta: que si no se te ocurre nada positivo que decir, guardarás silencio. Puede que por un tiempo gastes pocas palabras, pero cuando digas algo, será ¡un golazo!
De airado a loco va muy poco
Mi apóstol Pablo citó un texto de los Salmos cuando escribió: «Airaos, pero no pequéis» (Salmo 4:4; Efesios 4:26a). Y enseguida añadió la advertencia: «No se ponga el sol sobre vuestro enojo» (Efesios 4:26b). Entendía que la ira es propia de la naturaleza humana, y que aunque es posible airarse sin pecar, es muy fácil que la cólera conduzca a excesos. Por eso es preferible refrenarse. La ira es un sentimiento sumamente peligroso.
Puedes expresar indignación ante la injusticia y la vileza. Eso no es pecado. Sin embargo, en la mayoría de los casos la ira no está motivada por tan nobles y abnegadas intenciones. Generalmente, si no la controlas enseguida, te lleva a pecar, y la consecuencia del pecado es la muerte espiritual (Romanos 6:20,21). Te despoja de Mi Espíritu vivificante, te arrebata la felicidad y la paz interior, y envenena la amistad. Cuando no es justa indignación, la ira no produce nada bueno.
No dejes que se ponga el sol sobre tu ira. Al final del día haz un momento de silencio y reflexiona. Si albergas en tu corazón enfado o alguna otra emoción negativa, desembarázate de ella. ¡Deséchala! Pídeme que te libre de ella, y lo haré. Luego discúlpate y reconcíliate con quienes sufrieron tu enojo.
Hablando se entiende la gente
Si piensas que una persona malinterpretó algo que dijiste o hiciste, o tiene dudas al respecto, habla con ella y aclara las cosas. Despeja los malentendidos antes que crezcan y se agraven, o deriven en un cisma o en un resentimiento que acabe por consumir a todos. Si en verdad hubo un malentendido, ambos se alegrarán de haberlo aclarado; y si no lo hubo, la otra persona pensará que fue muy considerado de tu parte preguntárselo.
Hablar las cosas casi siempre genera unidad entre las personas, con tal de que se haga con humildad. Puede que no resuelva el conflicto enseguida, pero fomenta el respeto mutuo y un mejor entendimiento entre las partes, lo que más adelante puede llevar a encontrar soluciones y salidas satisfactorias.
Naturalmente, para que eso tenga el efecto deseado tienes que escuchar a la otra persona, por muy doloroso que sea y por mucho que estés en desacuerdo con ella. Si ve que la escuchas, que eres razonable y que te disculpas por lo que hiciste mal, lo más probable es que ella haga lo mismo.
Deja el rencor
Guardar rencor no le hace bien a nadie. Afecta a todo el mundo negativamente, y cuanto más se prolongue, más daño causa. Sin embargo, lo bueno es que nunca es tarde para enmendar las cosas.
Puede que a veces no lo parezca, pero la mayoría de la gente no desea pasarse la vida hiriendo a los demás. Los rencores suelen ser consecuencia de malentendidos. Es una pena que dos personas pasen meses o años distanciadas por algún malentendido que podría haberse resuelto mucho más rápidamente si una de las dos hubiera exhibido un poquito más de amor y comprensión.
Se requiere humildad y gran estatura moral para ser el primero en dejar a un lado el rencor. Póstrate delante de Mí y pídeme que te libre de ese cáncer y te lleve al punto en que puedas perdonar sinceramente a la otra persona. Si lo haces, no solo responderé a tu oración, sino que te daré la gracia necesaria para pedirle humildemente a esa persona que te perdone por albergar animosidad contra ella.
Sobre las interrupciones
Son demasiadas las personas que consideran su opinión o sus razonamientos superiores a los de su interlocutor o -debiera decir más bien- a los de su oyente.
Interrumpir a los demás es otro síntoma de la creciente falta de cortesía que hay en el mundo de hoy. La gente es cada vez más egocéntrica, y lo manifiesta interrumpiendo. Casi todo el mundo considera que lo que se apresta a decir es una perla de sabiduría, una valiosísima joya. Pero Yo creo que la mayoría se avergonzaría de sus intervenciones si tuviera oportunidad de escucharse de vez en cuando.
Tú, sin embargo, puedes promover el cambio. Puedes ser de los que no interrumpen. Si logras mantener una conversación sin interrumpir, te ganarás la admiración y el aprecio de buena parte de tus interlocutores. Además, es probable que aprendas mucho más y evites malentendidos.
«Es necio y vergonzoso responder antes de escuchar» (Proverbios 18:13, NVI). Eso es lo que les suele ocurrir a quienes interrumpen constantemente: se precipitan a sacar conclusiones erróneas y de esa manera demuestran que son unos necios. El sabio, en cambio, hace gala de su sabiduría escuchando antes de hablar.
Aprender del maestro
El secreto de mi éxito
Cuando asumí forma humana, físicamente tenía las mismas limitaciones que tú. No podía estar sino en un lugar a la vez, y generalmente atendía a unas pocas personas al mismo tiempo. Cada día sólo disponía de veinticuatro horas, y algunas irremediablemente tenía que emplearlas para dormir, comer y satisfacer las demás necesidades del cuerpo. Tenía un mensaje que predicar y discípulos que formar en muy poco tiempo; con todo, mis fuerzas eran tan limitadas como las tuyas.
En el plano físico no podía hacer mucho; pero sabía que comulgando con Mi Padre podía echar a rodar las cosas en el mundo del espíritu, donde Él lleva a cabo Su verdadera obra, y era consciente de que así lograría mucho más. Era preciso que Mi Padre lo organizara todo. Él tenía que preparar los milagros y luego obrarlos. Conectándome con Mi Padre en oración podía descargar sobre Él Mis preocupaciones y las presiones a las que estaba sometido. Así Él podía indicarme lo que quería que hiciera y cómo aprovechar al máximo el escaso tiempo y las pocas fuerzas de que disponía. Y eso mismo quiero que hagas tú ahora.
El secreto para triunfar en la vida y cultivar relaciones armoniosas con los demás es aprender a mantenerse en contacto y en sintonía conmigo y con Mi Espíritu. Y eso se logra dedicando tiempo a la oración. Así de sencillo.
Hazte tiempo para los demás
Es fácil ser buena persona y aun así vivir completamente en tu propio mundo. Al fin y al cabo, tienes tanto trabajo y tantas obligaciones que no das abasto. Con razón que casi no te queda tiempo para interesarte por los demás.
Cuando estuve en la Tierra también fui un hombre muy ocupado, sobre todo durante Mi ministerio público. A pesar de los escasos tres años y medio que tenía para cumplir Mi misión, le dedicaba tiempo a la gente. Es más, atendí a ciertas personas que a juicio de algunos no se lo merecían. Dejé que los niños vinieran a Mí. Departí con una samaritana. Me percaté de la presencia de Zaqueo, que se había subido a un árbol, y le pedí que me invitara a pasar una velada con él en su casa. Me tomé tiempo para infundir ánimo a miles de personas. Tan numerosas y tan sencillas fueron aquellas conversaciones que no quedaron consignadas en los Evangelios. Sin embargo, tuvieron un efecto muy importante. Si Yo pude detenerme a manifestar un poco de cariño, bondad y comprensión a aquellas personas, también puedes hacerlo tú.
Yo compensaré los pequeños gestos de amor que tengas con los demás infundiéndote más amor. Así tendrás más para ti y más para ellos. Descubrirás que esa mayor entrega de tu parte en realidad no es sacrificio ninguno. Te la compensaré con creces dándote inspiración y otras bendiciones. Y lo mismo harán las personas a quienes dediques tiempo.
Irradia fe, no ansiedad
Tus muchas obligaciones, combinadas con una pesada carga de trabajo, pueden llegar a abrumarte. La tendencia natural es trabajar con más ahínco y a mayor ritmo para mantenerse al día. Pero esa reacción genera tensión e impide que se manifieste Mi Espíritu de amor, paz y fe. Además, esa sensación de sobrecarga es un desgaste no sólo para ti, sino también para quienes te rodean.
Lo mismo le pasó a Marta -la hermana de María y Lázaro- durante Mi misión en la Tierra. Ella se desvivía por atenderme y por ser una anfitriona perfecta. Se ponía tanta presión que luego casi se derrumbaba. Yo agradecía mucho su amor y sus atenciones, pero me resultaba más fácil estar en compañía de María. Marta andaba siempre tan preocupada de que todo estuviera impecable que se impacientaba con los demás cuando le parecía que no mostraban el mismo interés (Lucas 10:38-42).
Cuando te afanas, te preocupas y evidencias que estás bajo presión, no irradias fe y confianza, sino más bien tensión, inquietud y sobrecarga. A nadie le hace falta eso.
Puede que los demás aprecien todo lo que intentas hacer -en muchos casos, trabajo que redundará en beneficio de ellos-; pero por lo general preferirían verte feliz y sentir que estás disfrutando de la vida y confiando en que Yo soy dueño de la situación. Yo también lo prefiero.
¿Amor o hipocresía?
Cuando manifiestas amor y consideración a personas que no te atraen mucho o que a tu juicio no se lo merecen, les comunicas Mi amor, que trasciende el amor humano. Es más, se trata de una demostración de amor más grande que cuando das cariño a un ser con quien tienes una relación muy estrecha. No es hipocresía ni falta de sinceridad. Al contrario, es un cumplimiento de Mi precepto de amar al prójimo. Es un acto de obediencia a Mi Palabra. Es permitir que Mi amor actúe en ti y te mueva a obrar bien.
El que alguien no te caiga bien no debiera ser obstáculo para que le expreses Mi amor. Para Mí no hay nadie demasiado malo, nadie que esté fuera del alcance de Mi amor. Quiero que contribuyas a transmitir eso a tus congéneres. Aunque no sientas apego por ellos, Yo sí lo siento. Al manifestarles amor y comprensión, les haces llegar Mi amor verdadero.
Cuando eres capaz de expresar cariño y cortesía sin parcialidad, te conviertes en un conducto por el cual fluye más libremente Mi amor.
Además de bendecir a las personas a quienes manifiestes amor y consideración, te bendeciré a ti. Independientemente de lo que sientas, refleja Mi amor, y éste te volverá. Tendrás también la satisfacción de haber transmitido Mi amor y cumplido Mi voluntad. Prodigando amor, obtendrás de Mí más amor y cosecharás sus frutos.
Soy amigo del humilde
Es posible que el humilde no termine en la cúspide de la pirámide social, pero tiene mayores probabilidades de llevar una vida verdaderamente digna y de tener éxito en lo que más importa. Constituye una fuerza silenciosa en favor del bien, y Yo siempre premio eso. Además se gana el amor y el respeto de los demás, porque con su espíritu manso les manifiesta su amor y respeto. Ellos ven que antepone la felicidad ajena a la propia, y eso los impulsa a emular su ejemplo.
La humildad va a contrapelo de la naturaleza humana. Muchos tienden a aparentar más de lo que son, haciendo alarde de sus atributos, habilidades y logros. Con ello esperan agrandar su autoestima y granjearse el respeto de las personas. Lo malo es que casi nunca resulta así. Puede que momentáneamente sientan satisfacción, pero su orgullo repele a los demás.
Reza el proverbio: «Antes de la caída es la soberbia» (Proverbios 16:18). Los orgullosos siempre están temerosos de caer, de quedar en evidencia y ser humillados. En cambio, los humildes no tienen nada que temer: como no tienen un concepto tan elevado de sí mismos, ¿qué miedo pueden tener de caer?
En Mi casa los humildes siempre son bien recibidos. Son Mis compañeros y amigos. El día en que se reúnan conmigo en el Cielo, se sentirán muy a gusto, en su propia salsa. ¡El Cielo se hizo para personas así!
Cuenta conjunta
¿Cómo reaccionarías si alguien te dijera que acabas de ganar un millón de dólares y que te los van a depositar hoy mismo en tu cuenta? Sentirías una alegría inmensa, ¿no? Te pondrías tan feliz que saldrías corriendo a contárselo a todo el mundo. De ahí te pondrías a hacer planes sobre cómo gastarlos. Pensarías en todas las comodidades y beneficios que te traería ese capital y en cómo podrías invertir parte de él para ayudar a otras personas.
Pues bien, ¿sabes que tienes mucho más que eso a tu disposición? Cuando me aceptaste como tu Salvador, añadí tu nombre a Mi propia cuenta en el Banco del Cielo. ¡Ahora lo Mío es tuyo! Dispones de recursos espirituales ilimitados que pueden mejorar en todo sentido tu calidad de vida. Por mucho que los repartas, son más que suficientes para ti y para cantidad de personas más. En todo caso, ese es el objetivo. «De gracia recibisteis, dad de gracia» (Mateo 10:8).
¿Cómo se accede a esas bendiciones? Retirando lo que tienes en tu cuenta en el Banco del Cielo. Simplemente acude a Mí en oración. Echa mano de Mi amor, Mi paz, Mis soluciones, Mi provisión, Mi satisfacción y todo un caudal de tesoros. Luego comparte eso con los demás. Esa es la forma más segura de ganar amigos y conservarlos: obsequiarles las verdaderas riquezas, regalos celestiales que nunca dejarán de ser.

Epílogo
Si aún no has experimentado el profundo amor que expresan estos mensajes de Jesús, tal vez sea porque todavía no has recibido los regalos que Él hace a quienes lo aceptan como Salvador. En efecto, Él nos ofrece a todos amor y vida eternos, y está esperando humildemente a que lo invites a participar de tu vida. Dice: «Yo estoy a la puerta [de tu corazón] y llamo; si alguno oye Mi voz y abre la puerta, entraré a él» (Apocalipsis 3:20). Acéptalo ahora mismo haciendo sinceramente la siguiente oración:

Jesús, te agradezco que murieras por mí para que yo pueda alcanzar la vida eterna. Te ruego que me perdones todas mis faltas y ofensas. Purifícame de todo eso y ayúdame a conducirme mejor. Necesito que Tu amor me llene y me sacie el alma. Anhelo la vida de felicidad que me ofreces, tanto aquí, en este mundo, como en el Cielo cuando pase a mejor vida. Te abro la puerta de mi corazón y te pido que entres en mí. Gracias por escuchar y responder mi oración, y por ayudarme a comunicar Tu amor e influir para bien en los demás. Amén.



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